*Sentido del sufrimiento. Actitudes ante el dolor humano

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Notapor Archi » Mié Oct 27, 2004 9:14 pm

kis, me alegro de tu recuperación, pero el dolor nos hace mas humanos, nos acerca mas a nuestro projimo, aumenta nuestra capacidad de empatizar, de conectar con el otro y ayudarle. Es más creo que si no conoces el sufrimiento, tampoco la compasión... Abrazos

Pdta. no te persigo... :wink:
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Notapor ELEN » Mié Oct 27, 2004 11:37 pm

Bueno, creía que este “hueso” no tenia perro que lo mordiera.

kism, me alegro que tu tumor fuera benigno. siempre hay motivos para ser feliz.

Cuando pregunte al principio de este hilo si había sido “bendecido” con el sufrimiento, reconozco que pudiera resultar un tanto chocante o incluso parecer masoquista dar la impresión de que el sufrimiento es algo agradable y deseable.

Y creo que ha sido así porque empecé por el final.

Creo que el sufrimiento se puede manifestar de muchas maneras,
Físico, te duele algo de forma puntual, lo ofreces, es para mi gusto el más cómodo.

El dolor crónico, te levantas y te acuestas con él, pocos remedios lo alivian, está de una manera profunda, constante, convives con él, tu capacidad física para resistir el dolor aumenta, (el organismo es muy sabio), pero te “mina” interiormente si sabes que no acaba, que es tuyo y tu lo tienes que llevar y crees que en solitario. Te destruye si no tienes la suerte de “ver”que puedes unirlos a la Cruz, que es un regalo, un honor el poder ofrecerle algo, porque alguien tan pequeñito no puede hacer nada de nada si El no nos ayuda.

El sufrimiento por ver sufrir a una persona querida, por no poder aliviarla físicamente, espiritualmente. Por ver que no se da cuenta del valor tan grande que tiene y se revela.

O que si se da cuenta pero la quieres tanto que sufres tu, porque quisieras compartir su carga y no puedes, y crees que tu presencia y animo no es suficiente.

El sufrimiento (tristeza) espiritual, cuando te sientes “seco” por dentro, pero sigues caminando pero te preguntas ¿por qué?, “No siento nada”, y sentado en el banco de la Iglesia, miras la Cruz, y ninguna de tus células se conmueve, solo tu inteligencia y tu libertad te mantienen donde estas, hasta que termina ese desierto.

Pues...

Para mí el final es cuando después de revelarte, hacerle (a Él) preguntas, contestarlas uno mismo, no querer que te haya tocado a ti, que además ves que no es solo una cosa, sino que vienen una tras otra (porque cuando “vienen”, vienen todas juntas, una tras otra (no sé porque, pero es así)...

pues cuando te das cuenta que tu no puedes mas, porque la realidad es que no puedes nada...

entonces empiezas a dejar que El intervenga y se haga cargo de todo

pones en sus manos “las riendas de tu vida” y solo le pides que te consuele y te de fuerzas...

y entonces El te sube a su regazo y allí reclinas tu cabeza sobre su pecho

y ves que “No pasa nada”.

Que es una bendición.
ELEN
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Notapor dalva » Jue Oct 28, 2004 7:36 am

ELEN escribió:
pues cuando te das cuenta que tu no puedes mas, porque la realidad es que no puedes nada...

entonces empiezas a dejar que El intervenga y se haga cargo de todo

pones en sus manos “las riendas de tu vida” y solo le pides que te consuele y te de fuerzas...

y entonces El te sube a su regazo y allí reclinas tu cabeza sobre su pecho

y ves que “No pasa nada”.


Que es una bendición.


:D Gracias, ELEN :kiss:
dalva
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Notapor Winfrid » Jue Oct 28, 2004 1:09 pm

Creo que fué en Beas de Segura, por el 15..y tantos.

Las Carmelitas Descalzas le cantaron en la reja del locutorio de su clausura esta letrilla al P. Fray Juan de la Cruz, que las visitaba:


" Quien no sabe de penas
en este valle lleno de amargores
no sabe cosa buena
ni ha gustado amores
pués penas son el traje de amadores "


El fraile descalzo que sería luego San Juan de la Cruz, tan alto místico, se quedó medio arrobado con la coplilla, que él tanto sabía de aquello del amor y del dolor...y de las cosas de Dios y su Hijo con el dolor. :ang7:
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Notapor dalva » Jue Oct 28, 2004 4:50 pm

Eso me recuerda a unos versos de la misma época, que no logro recordar si son de Santa Teresa de Jesús, pero bastante certeros:

"Mi vida es toda de Amor,
y si en Amor estoy ducho,
no es por falta de dolor,
que no hay amante mejor,
que aquel que ha llorado mucho"
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Notapor ELEN » Jue Oct 28, 2004 8:38 pm

Dalva, gracias por tu beso con sabor a fresa :love5: .

Cuando Emilio habrió este hilo, me pareció que podía ser muy positivo, claro que, para eso uno ha de ser un poquito positivo, tampoco ningún heroe.

Pero ya me doy cuenta que aunque sea por escrito, el tema del sufrimiento no interesa mucho, ¿Seré masoquista? :roll: :?:
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Notapor César » Jue Oct 28, 2004 8:57 pm

No lo creo Señorita Elen.

Lo que sucede, es un tema que nos desborda y que la sociedad oculta, ante el hedonismo exacerbado que ofrece a la gente, además de ser un tema muy difícil.

Frente al Sufrimiento y la enfermedad, se pueden decir muchísimas teorías, hay libros escritos, etc... pero con facilidad resbala y sólo interesa a los que se dedican al trato de enfermos, etc...

Pero llega un momento en el que este tema, no nos resulta resbaladizó: la enfermedad o el sufrir por algo importante, por ejemplo, la perdida de un ser querido.

Entonces es cuando este tema, se hace patente en nuestras vidas, comenzamos a tener experiencia, ha hablarlo desde nosotros mismos,... porque ha comenzado a formar parte de nuestras vidas.

Otra cuestión es ¿cómo afrontamos ese sufrimiento? Como hijos de Dios, como personas, como cobardes,... Yo creo que aquí está la clave de todo. Pero es una apreciación personal.

Un abrazo.
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Notapor ELEN » Jue Oct 28, 2004 10:03 pm

Cesar, compañero

Gracias por lo de Señorita, "mu fino, si señó" ( :o): YO) je,je ( :rabbit: mi marido) JA, JA, JI,JI,JO,JO Sniff , hay que risa.

Tienes razón, pero hablando con personas (normales, por ejemplo) he llegado a la conclusión que el significado "sufrimiento" "dolor" no es conocido en toda su dimensión, quedando limitada su definición a todo aquello que resulta no agradable o doloroso, cuando en realidad el sufrimiento puede ser agradable incluso en cuestiones totalmente "humanas y de carne y hueso".

Estoy en rehabilitación, me hacen sufrir, pero es un sufrimiento agradable, porque simultaneamente me produce un bienestar.

Vas al gimnasio te "machacas" con las pesas y terminas temblando de dolor, pero feliz porque el biceps tiene 1 cm. mas de diametro

Te fumas una cajetilla de tabaco tragandote el humo hasta las rodillas, pero das gracias porque te ha ¿calmado? los nervios y a la vez sufres porque sabes que esa tos suena fatal.

Juegas tres € en la Bono Loto y te pasas una semana sufriendo porque sabes que las posibilidades de que te toque son practicamente nulas y ademas sufres pensando en como vas ha invertir los 1000 millones de € que te pueden caer. (toca madera).

Sufres porque la chica que anuncia un champú en la tele tiene una melena que ni las Barbies, y a una en cuanto caen cuatro gotas se pone el pelo disparatao.

Y bueno, cuando vas a la peluquería...... las mechas, peinar liso (casi nada) y depilarte, ni te cuento como se sufre, pues salimos tan contentas :queen:

Se sufre de envidia, de rabia, de odio.

Tenemos el sufrimiento permanentemente a nuestro lado y no lo vemos y denominamos como tal, lo justificamos pero es un sufrimiento sin sentido (menos en el de la pelu y la rehab.)

Sinembargo, el sufrimiento con autentico sentido lo evitamos ( como somos ).

Tu pregunta ¿ como afrontamos el sufrimiento? ..... me gusta :bye:


P.D. ¿Como lo afrontas tu? :?: . Ya sé que es muy personal (sorry)
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Notapor César » Vie Oct 29, 2004 12:26 am

ELEN escribió:¿Como lo afrontas tu? . Ya sé que es muy personal (sorry)


Mira que estas mujeres (no digo Señorita, no se te vaya a desencajar la mandibula por la risa :shock: ) son curiosas ehhhhh....

Es cierto que es muy personal, depende del caracter de cada uno, de su personalidad, de su Fe o creencias.

Yo personalmente lo intento afrontar mirando al Crucificado y sobre todo con la Esperanza de que él ha vencido el dolor, el sufrimiento, la muerte, ... y mí receta personal es: "si tienes el día bueno, disfrutalo a tope. Si tienes mal día, sobre vive como puedas".

Pero con la Esperanza de que todo sufrimiento pasa... y "Dios aprovecha los males para sacar vienes mayores". Lo que ayuda a crecer humana y espiritualmente.
César
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Notapor ELEN » Vie Oct 29, 2004 12:54 am

César escribió: y mí receta personal es: "si tienes el día bueno, disfrutalo a tope. Si tienes mal día, sobre vive como puedas".



Oye Cesar, ni que te hubieras copiado de mi receta personal.

aunque al final yo digo "Si tengo mal día, dejo que pase" (como si no fuera conmigo, me hago la despistada)

Estoy de acuerdo contigo, que gran sentido le da la Cruz a todo.

Pienso... llevó a su Hijo a la muerte por mi,

¿como va a dejar que unas "boberias" me desborden?. Ya lo arreglará cuando sea el momento.

Un saludo y buenas noches
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Notapor César » Vie Oct 29, 2004 12:57 am

ELEN escribió:Oye Cesar, ni que te hubieras copiado de mi receta personal.

aunque al final yo digo "Si tengo mal día, dejo que pase" (como si no fuera conmigo, me hago la despistada)


Lo he dicho yo primero ehhh,... qué conste :lol:

Un abrazo y buenas noches.
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Notapor Efrén » Mar Mar 22, 2005 9:51 pm

La Pasión de Cristo es la cima del dolor.
Es un poco largo, pero estoy seguro de que será de vuestro interés.
La Pasión de Cristo


«SU SUDOR SE HIZO COMO GOTAS ESPESAS DE SANGRE»
(Lc 22, 33...)

La oración de Jesús en Getsemaní es el primer momento doloroso de la Pasión. La lucha interior fue aterradora y en la agonía señalada por san Lucas leemos: «Entonces se le apareció un ángel que venido del cielo le confortaba. Pero Él, entrando en agonía, oraba más intensamente, y sudó gotas de sangre, que corrían hasta el suelo» (Lc 22, 33-44). Esta precisación nos la relata solamente san Lucas, médico de profesión. Pero, ¿es posible tal situación?
La hematridosis (sudor de sangre) es un fenómeno muy raro pero posible y perfectamente documentado (como en el caso de un soldado que, durante la segunda Guerra Mundial, sudó sangre en el frente, a la espera de una ofensiva). La hematridosis ocurre, dicen los médicos, en condiciones excepcionales, como consecuencia de un agotamiento físico acompañado de un trastorno moral, producido por una emoción profunda, por un miedo atroz. Es lo que Lucas llama agonía, que en su original griego quiere decir lucha, ansiedad.
La hematridosis se produce por una dilatación de los vasos capilares subcutáneos, la cual puede provocar la ruptura de los mismos, con lo que la sangre unida al sudor se coagula, sale al exterior y forma por la piel de todo el cuerpo reguerillos y coágulos que llegan a caer al suelo. Toda la piel queda lesionada, dolorida y muy sensible a los golpes.
Con un minicomputador el prof. Tamburelli ha detectado en la cara del Hombre del Lienzo innumerables reguerillos y grumos de sangre que la surcan. El ordenador ha concluido que la sangre se encontraba en la misma proporción por toda la cara pues los reguerillos son muy regulares. Las heridas del resto del cuerpo imposibilitan tal observación, pero traduciendo lo que vemos en la cara, deducen los médicos que el hombre de la Sábana sudó sangre, como nos dice el Evangelio, dando a toda la piel una dolorosísima sensibilidad ante los golpes, que tan profusamente cayeron sobre el reo.


«¿ASÍ CONTESTAS AL SUMO SACERDOTE?»
(Jn 18,22)

El Hombre del Sudario presenta un bastonazo que rompió el cartílago de la nariz e inflamó la mejilla derecha.
San Juan narra en su Evangelio que durante el interrogatorio en casa de Anás, un servidor le dio una bofetada diciendo: «¿Así respondes al pontífice?».
La palabra griega rápisma que usa san Juan (testigo ocular probablemente) no significaba en principio bofetada sino bastonazo. Rapís=bastón; rapítzo=apalear. Sólo tiempo después significó bofetada, traduciéndolo así san Jerónimo en la Vulgata.
La Sábana precisa la traducción pues Jesús presenta un porrazo, infligido con un palo probablemente corto, cilíndrico, de 4 ó 5 centímetros de diámetro. Calculando la posición y forma del golpe del Hombre de la Sábana, el doctor Cordiglia, junto con otros, sospecha que el golpeador era un hombre zurdo, situado a la derecha del reo. Posiblemente se trató de un escriba hebreo, habituado a escribir de derecha a izquierda.
Este golpe, con la desviación del tabique nasal, conlleva una enorme pérdida de sangre (la barba y el bigote están completamente empapados) y nos da una escalofriante idea del trato que recibió Jesús y de la paciencia y benignidad de su respuesta.
Siglos antes, el profeta Isaías visualizó la Pasión del Siervo de Yavé en un hermoso y trágico canto: «Fue arrebatado por un juicio inicuo, sin que nadie defendiera su causa; pues fue arrancado de la tierra de los vivientes y fue herido de muerte por el crimen de su pueblo. Pero Él no había cometido maldad ni hubo en su boca mentira». (Is 53,8 ).
Y en otro versículo: «Yo no me resisto ni me echo atrás. He dado mis espaldas a los que me herían y mis mejillas a los que arrancaban la barba. Y no escondí mi rostro ante las injurias y los salivazos, pero el Señor Dios me socorre y por eso no seré confundido». (Is 50, 5).


«¡ADIVINA QUIÉN TE HA PEGADO?»
(Mt 26, 67...)

En el Sanedrín, una vez condenado a muerte, los sanedritas se abalanzaron sobre Él, le escupieron y acribillaron a puñetazos. Lo cuenta el evangelio de San Mateo: «Entonces se pusieron a escupirle y a abofetearle; y otros a golpearle, diciendo: adivina, Cristo, ¿quién te ha pegado?» (Mt 26, 67-68 ). Más tarde los soldados, después de coronarle de espinas le darán más bofetadas y también le escupirán (Mt 27, 29-30).
Observando el Rostro de la Síndone con atención, encontramos huellas palpables de estos hechos: hinchazones en diferentes partes de la cara. Presenta más maltratada la parte derecha de la cara que la izquierda, esto ha hecho suponer a Mons. Ricci que eran en su mayor parte zurdos, o sea levitas y escribas. Tiene además mechones de la barba arrancados de cuajo, incluyendo pedazos de la epidermis, lo cual tuvo que acarrear un dolor intensísimo al lesionar la delicada capa nerviosa que recubre esa zona del rostro, y tan sensible por el sudor de sangre de Getsemaní.


«Y MANDÓ AZOTARLE»
(Jn 19, 1)

La Sábana es mucho más precisa aquí que los evangelistas. Estamos ante un castigo anterior a la condena de muerte, pues bajo las heridas a flor de piel de la zona escapular izquierda y sobrescapular derecha, producidas por cargar el madero, aparecen claras las huellas de las heridas de los azotes. Esto no es lo usual ya que los romanos flagelaban a los condenados a morir en cruz sólo durante el trayecto al lugar de la crucifixión. La flagelación constituía una pena en sí misma y nadie podía ser condenado dos veces a ella por el mismo delito o serle impuestas dos penas diversas. Dentro del derecho romano, el caso de Jesús es excepcional. Un administrador de la justicia romana no podía permitirse tales errores pues con ello se jugaba el puesto. Recordemos por ejemplo la condena de san Pablo y cómo el procurador se atemorizó cuando oyó que Pablo era ciudadano romano y que no había cumplido con él lo prescrito por el derecho. Es cierto que Cristo, al no ser ciudadano romano era poco más que una «cosa», una res; pero existía también un jus gentium que protegía a todos los no romanos, a los súbditos del Imperio.
Jesús presenta 121 golpes triples, infligidos por dos sayones forzudos, situados a ambos lados del reo, uno más alto que el otro. Eran expertos en su oficio, pues le cubrieron metódicamente de golpes en todo el cuerpo (pecho, vientre, piernas, espalda, incluso detrás de las orejas. Fue un castigo del que debía salir con vida, y por eso no golpearon la parte izquierda del pecho. Los verdugos sabían que si golpeaban la zona del pericardio, el reo moriría en pocos minutos. Se le hubiese producido una pericardiatis serosa traumática. Volvemos a encontrar en este punto una coincidencia plena con el Evangelio: Pilato se dijo: «...así que le castigaré y le soltaré» (Lc 23, 16).
Por la dirección de los golpes, se puede deducir que Cristo estaba encorvado sobre una columna baja, pues la espalda presenta mayor número de marcas al ofrecer más superficie de contacto.
No eran pocos los que morían en la flagelación, aunque sólo se trataba de un castigo. El Hombre de la Sábana fue flagelado completamente desnudo, pues no presenta en ninguna parte del cuerpo señales de atenuación por la ropa y san Mateo así lo subraya. La distribución de los golpes es perfecta, lo que descarta la flagelación desordenada a la que eran sometidos los reos durante el camino al lugar de la ejecución.
Las fotos ultravioletas nos revelan el sadismo escalofriante de los verdugos, pues se ensañaron en la parte delantera superior de la pierna, junto a las ingles.
Había entre los romanos, varias clases de golpes o flagelaciones:
-Para los ciudadanos romanos: con varas verdes y flexibles, menos degradante.
-Para los no romanos había tres tipos:
El iorum (correa ancha) que amorataba las carnes.
El flagrum (2 ó 3 correas estrechas) que las destruía.
El flagellum, empleado con Cristo. Constaba de 2 ó 3 tiras o nervios de 35 a 40 cm. que en su punta tenían pedazos de hueso o de metal que cortaban y desgarraban.



«SALVE, REY DE LOS JUDÍOS»
(Jn 19, 3)

El tipo de suplicio que vamos a describir a continuación, no se recoge en ningún tipo de código penal que haya existido jamás, por eso hace suponer el afán de burla e insulto que se buscaba con ello, como nos explican los evangelistas. El Hombre de Lienzo presenta multitud de calcos de sangre sobre todo el cuero cabelludo. Estas lesiones fueron producidas por objetos puntiagudos, clavados y frotados sobre el cutis de la cabeza en forma de corona o cofia de espinas. Se trata pues de un casquete de espinas, a modo de las coronas reales de oriente lo que produjo tan abundante salida de sangre. Las heridas no se cerraban, pues los objetos punzantes se movían continuamente.
En la frente podemos contar señales de 13 aguijones. Catorce centímetros de la parte superior de la cabeza carecen de impronta en la Sábana y por ello no vemos las marcas de la corona. Esto se debe a la mentonera o paño que se utilizaba para mantener cerrada la boca del difunto, que muchos especialistas identifican con el pañolón de Oviedo, el cual primero reposó sobre el Rostro del Señor camino del sepulcro, y luego se utilizó como mentonera, envuelto en torno al perímetro de la cara.
Es necesario considerar que la frente, las sienes y todo el cuero cabelludo, presentan una capa nerviosa muy sensible a cualquier golpe o aguijonazo. Si calculamos las decenas de espinas (más de 50) que atraviesan el cráneo, nos haremos una terrible idea del dolor que en su cabeza soportó el Señor.
Jesús fue crucificado con la corona de espinas, y todo el camino hacia el Calvario lo efectuó con ella sobre la cabeza. La razón que nos permite afirmar esto está en la nuca, que en la Sábana aparece horriblemente herida: se pueden contar los coágulos perfectamente, es decir, se distinguen nítidamente las perforaciones en la piel y si no hubiese estado la corona presente, el rozamiento del patíbulo y las caídas hubiesen dejado una huella de sangre informe y oscura. La corona actuó pues como dolorosísimo aislante, evitando los golpes del madero e hincándose cada vez más profundamente en la nuca.
¿Por qué se coronó de espinas a Cristo?
Los romanos tenían un juego, tanto niños como adultos, que encerraba cierto matiz de crueldad. En él se elegía un rey que debía mandar sobre sus súbditos, ejecutando estos todo lo que se les ordenaba. En las excavaciones y obras hechas en Jerusalén para la construcción del convento de las Damas de Sión, en el lugar donde se sabe que estaba la torre Antonia, se descubrió el enlosado del patio de dicha torre, el lithóstrotos evangélico. En una de las losas se distingue un «tablero» para dicho juego que los legionarios romanos utilizaban en sus largas horas de acuartelamiento.
Resulta espontáneo que los soldados oyendo hablar de la realeza de Jesús y movidos por el odio a los judíos, quisiesen divertirse coronándolo rey y llenándolo de burlas: «Salve, Rey de los Judíos», dándole bofetadas (Jn. 19, 3), escupiéndole y golpeándole la cabeza coronada de espinas. No está claro qué clase de espino emplearon pues crecen diversas especies en Jerusalén.
Isaías canta al Cristo desfigurado: «He aquí a mi siervo. Muchos al verlo quedaron consternados, tan desfigurado estaba que no parecía hombre, ni su apariencia era humana. Ante él cerrarán los reyes la boca, pues lo que nunca se les contó, verán...» (Is 52, 13).


«CARGANDO CON SU CRUZ, SALIÓ HACIA EL LUGAR LLAMADO CALVARIO»
(Jn 19, 16)

Este momento previo a la crucifixión, el vía crucis, que ha llegado a ser una oración importante en la tradición de la Iglesia, es perfectamente visible en el Hombre de la Sábana. Fue un penoso camino recorrido con los pies desnudos por el Señor, que martirizó hasta el paroxismo su debilitado cuerpo.
Después de la condena a muerte, y una vez quitado el capuchón ignominioso con que se cubría a todo condenado, se colocaba sobre sus hombros el patibulum, el travesaño horizontal, o toda la cruz. Jesús recorrió este camino vestido y descalzo, pues sus pies estás muy llagados y sobre los hombros se distinguen claramente las huellas de la cruz y las de la flagelación. Si Cristo cargó sólo el patibulum, palo transversal, tuvo que soportar un peso de 35 ó 40 kilos. Si arrastró con la cruz entera, el peso soportado fue superior a los 70 kilos.
El Nazareno, profundamente debilitado por la flagelación profesional, debió caer más de alguna vez por el empedrado irregular de Jerusalén. Los golpes más fuertes los recibió sin duda en las rodillas y en el rostro. En la Sábana se distinguen las huellas de estas contusiones, pues las rodillas están destrozadas, y tanto en ellas como en la punta de la nariz se ha encontrado tierra adherida.
El camino al Gólgota, lo hizo descalzo pues la planta de los pies aparece despellejada y en el talón derecho se encontró un elemento que al principio costó identificar: se trata de lodo.
Es lógico pensar que los soldados del cortejo, al ver el lamentable estado de Cristo, pensasen que no iba a llegar vivo al Gólgota, y más movidos por el cumplimiento de las órdenes que por una falsa piedad, pidieron a un transeúnte que cargase con la cruz del Nazareno.
Ciertamente si no hubiesen hecho esto, muy probablemente Jesús habría fallecido por conmoción cerebral antes de ser crucificado.
Jesús llega al calvario destrozado, extenuado y sumamente débil, deshidratado, atacado por una fiebre intensa y desfallecido de cansancio y pena.


«Y ALLÍ LE CRUCIFICARON»
(Lc 23, 23)

Multitud de médicos forenses han constatado que estar ante la Sábana es como si estuviesen delante del cadáver de un crucificado de la época romana. Todas las heridas están donde deben estar. Gracias a los avances de la ciencia médica se puede observar que este cadáver se ha comportado como cualquier cuerpo ante el suplicio horroroso de la cruz. Antes se conocía en la teoría, con la Sábana se baja a la experiencia real.
El gran escritor latino Séneca dice refiriéndose a la crucifixión: in cruce membra distendere, (en la cruz los brazos y los pies se estiran, se dislocan) y el Lienzo nos presenta una estructura horrorosamente deformada. Los hombros y los codos están alargados y dislocados al máximo.
Sus manos fueron clavadas al travesaño. Todavía no se sabe con certeza si fue en la palma o en la muñeca. Ambas tesis se apoyan en válidos argumentos. En lo que sí se está de acuerdo es que los nervios que pasan por la mano son especialmente sensibles. Sobre todo el nervio medio. Cristo, pues, quedó tenso como la cuerda de una guitarra, y cada movimiento debió producir un dolor insoportable. Los médicos no se explican cómo no se volvió loco por el dolor. Parece que tuvieron que desclavar la mano derecha, pues en la Sábana la herida está muy agrandada. Posiblemente encontraron una veta frágil en la madera.
Luego vinieron más tirones para clavar los pies juntos, el izquierdo sobre el derecho, y todo el peso soportado por los clavos. Pero los dolores sufridos al subir el patibulum al stipes, o los jalones en sus manos provocados por el peso del cuerpo al levantar la cruz tuvieron que ser alucinantes.
Cristo perdió mucha sangre por todas las heridas de su cuerpo, pero especialmente por las aberturas de los clavos. Padeció una sed de locura antes y después de la crucifixión. Una sed que aturde. La densidad de la sangre que los médicos encontraron en las heridas de los clavos y de los azotes, es típica de una persona deshidratada.
Jesús fue crucificado completamente desnudo, como lo verifican los reguerillos de sangre de la espalda. El volumen sanguíneo de su cuerpo descendió vertiginosamente y el corazón tuvo que trabajar de forma extraordinaria para evitar la muerte de los órganos vitales. El cerebro disminuyó el riego de los órganos menos importantes (riñones y extremidades), y mandó todo su flujo a los principales (cerebro, pulmones,...) en previsión de una eventual salida de la crisis; por eso no es de extrañar la lucidez hasta el último instante en la cruz.
Desde el primer momento que está clavado en posición vertical, comienza el verdadero suplicio del crucificado: la asfixia. Ésta, aparte de los demás dolores, constituye una lucha titánica de los músculos respiratorios por inhalar un poco de oxígeno. El reo debe levantarse unos 17 centímetros, apoyándose en las heridas de los clavos, para poder aspirar un poco de aire, pues la posición normal del crucificado en «v» le dificulta enormemente la respiración. Este levantamiento sobre sus heridas, agotó rápidamente las escasas fuerzas de los músculos de los brazos y de las piernas, produciendo calambres espasmódicos y terribles. Cada palabra dicha desde el patíbulo constituía un esfuerzo sobrehumano pues el aire no daba para tanto. Y pensar que Cristo nos regaló más de 7 frases de amor y perdón desde lo alto de la cruz. Toda esta lucha por respirar y hablar se descubre por las distintas direcciones de los regueros de sangre en los brazos, según los movimientos de Cristo en la cruz, hacia arriba o hacia abajo.
El pecho del Hombre del lienzo está muy deformado y dilatado, lo cual es señal clara de la lucha respiratoria a la que nos referimos.
Al mismo tiempo que la asfixia, aparece un nuevo suplicio en cada centímetro del cuerpo del crucificado. Se trata de la tetanización de TODOS los músculos del cuerpo por la falta de oxígeno. Es como el dolor de las agujetas (cristales en los músculos) multiplicado por mil.
Además, la fiebre que apareció después de la flagelación aumenta hasta los 40 ó 41 grados, produciendo intensos escalofríos. La mala situación general de Jesús empeora. La muerte se está acercando.
Isaías describe la Pasión con increíble fidelidad y profundidad teológica: «¿Quién es aquél que avanza con los vestidos manchados de rojo? ¿Por qué está rojo tu vestido y tus ropas como las del que pisa las uvas? La sangre ha salpicado mis vestiduras y se han manchado todas mis ropas, porque el año de redención de los míos ha llegado. Miré en torno mío y no había quién me ayudara, y me maravillé de que no hubiera quién me ayudase» (Is 63..).
«Él soportó nuestros sufrimientos y cargó con nuestros dolores, mientras que nosotros le teníamos por un castigado, herido por Dios y abatido. Fue traspasado por nuestras iniquidades y quebrantado por nuestros pecados» (Is 53, 4 y 5).


«E INCLINANDO LA CABEZA, ENTREGÓ EL ESPÍRITU»
(Jn 19, 30)

Conscientes de la titánica lucha por inhalar un poco de aire, podemos concluir que las posturas de los reos en la cruz son dos. Éstas se verifican ―como dijimos― por la dirección y el ángulo de los regueros de la sangre en los brazos: una de caída y otra de elevación. En su Evangelio, san Juan nos ofrece un elemento precioso que nos permite conocer en qué postura murió Cristo. Dice que «inclinando la cabeza, entregó el espíritu» (Jn 19, 30).
En la posición de caída es físicamente imposible inclinar la cabeza pues está inmovilizado el esternocleidomastoideo. Además en esta postura no se puede respirar y por lo tanto tampoco se puede hablar y menos gritar, como sucedió con Cristo en el momento de la muerte, según los evangelistas. La muerte en conclusión, le vino al Señor en la posición de elevación, en la cual sí podía hablar, gritar e inclinar la cabeza. La Sábana también desvela este punto pues la rigidez cadavérica ha dejado la cabeza en esta postura, inclinada. La distancia de la barbilla al esternón en posición normal es de unos 28 centímetros. En el Lienzo esa distancia es de 8 centímetros: la cabeza está inclinada sobre el pecho.
Los médicos discuten las posibles causas de la muerte, que en resumen pudieron ser:
1. El conjunto o cúmulo de circunstancias: pérdida de sangre, asfixia, mal estado general.
2. O un Infarto de miocardio, que según los cardiólogos, explicaría el líquido seroso expulsado en el momento del lanzazo.
3. O la asfixia: tetanización total de los músculos respiratorios.
Debemos tener en cuenta que Jesús tuvo conciencia plena hasta el último instante de su vida. Si hubiese muerto por asfixia y shock traumático habría perdido el conocimiento y entrado en un estado comatoso, como en la generalidad de los casos. Parece por ello más probable la muerte por rotura de corazón, aunque todavía no tenemos datos para asegurar cómo sucedió el infarto y de qué tipo fue.
Una vez muerto Jesús recibió una lanzada en el costado, que le atravesó el corazón. Sabemos que sucedió en este momento, pues los bordes de la herida en la Sábana no son elásticos y se trata de sangre postmortal. La abertura del costado mide 4.5 centímetros y coincide perfectamente con las puntas de lanza romanas encontradas por los arqueólogos. El hombre que lanceó al Señor era un profesional en el manejo de este arma que se deduce por la exactitud y trayectoria de herida (en el hemitórax derecho, entre la 5ª y 6ª costilla).
La rigidez cadavérica comenzó a manifestarse rápidamente. El cuerpo de la Sábana está sumamente rígido y tenso. Con toda seguridad debieron manifestarse los primeros síntomas del rigor mortis (endurecimiento del cuerpo) antes del fallecimiento.


«LE ENVOLVIÓ EN UNA SÁBANA LIMPIA»
(Mt 27, 59)
El sol se ocultó el 14 del Nisán de aquel año, 785 de la fundación de Roma, a las 6.08 de la tarde. La aparición de la tercera estrella y el consiguiente descanso sabático fue sobre las 7.08 de la tarde. Los pocos fieles que se encontraban en torno a Jesús tenían sólo media hora para pedir el cuerpo a Pilato, comprar la Sábana, bajar el cuerpo, quitar los clavos y transportarlo al sepulcro. Faltó tiempo para darle una sepultura completa: la Ley preveía que en casos como este se completara el enterramiento el domingo. San Juan narra los hechos como testigo ocular: «Según es costumbre sepultar entre los judíos, allí pues, a causa de la paresceve de los judíos, puesto que el monumento estaba cerca, pusieron a Jesús» (Jn 19, 42).
La costumbre judía era lavar el cadáver siete veces con agua tibia, cortarle el pelo, rasurarle, perfumarle y ungirlo con diversas esencias. Este Hombre del Lienzo, tratado desde este momento con un cuidado exquisito, fue enterrado con prisas, lo cual concuerda con los evangelios: «A causa de la paresceve de los judíos» el sepelio fue forzosamente precipitado. «José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo puso en su sepulcro nuevo» (Mt 27, 59-60).
Jesús no fue rasurado, ni vestido, ni lavado: simplemente desnudo, con sus heridas llenas de sangre coagulada, fue envuelto en una Sábana y colocado en el sepulcro.
La cabeza de Jesús fue atada para mantener la boca cerrada. Esta mentonera ha impedido que la parte superior de la cabeza se marcase en la Sábana. Le peinaron cuidadosamente el cabello con una trenza propiamente judía y colocaron 2 moneditas de cobre sobre sus ojos. El Hombre de la Sábana, hasta entonces brutalmente flagelado y asesinado, fue tratado desde el momento del descenso de la cruz con cariño, con mimo maternal. La Sábana fue cuidadosamente acomodada a todas las partes del cuerpo, especialmente en las más heridas, lo cual nos ha dejado una impronta mucho más clara. Conocemos la presencia de María, la Madre, en el Gólgota. ¿Por qué no atribuir ese respetuoso cariño con el cadáver a sus manos maternales?


POR SUS LLAGAS HEMOS SIDO CURADOS
(Is 53, 5)

Cedamos la palabra al profeta: «El castigo de nuestra paz cayó sobre Él y por sus llagas hemos sido curados. Todos nosotros andábamos errantes como ovejas, siguiendo cada uno su camino; y el Señor cargó sobre Él la iniquidad de todos nosotros» (Is 53, 5...).
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Notapor Kim Perez » Mié Mar 23, 2005 6:13 pm

Muchas gracias por este detallado relato médico, que tiene la virtud de hacer sentir algo de lo que fueron esas horas. No podía ser más conciso, porque es necesario explicar.

Lectura adecuada para ver a los Cristos de nuestra Semana Santa, tan intuidos por los tallistas.

Dolor físico y dolor moral; ¿cómo se puede explicar el "Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado"?

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Notapor Winfrid » Mié Mar 23, 2005 6:41 pm

Kim Perez escribió:Dolor físico y dolor moral; ¿cómo se puede explicar el "Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado"?


Lee el Salmo 21**. Es el que empieza con esas palabras. Al decirlas en la Cruz, el Señor se "apropia" el Salmo y refiere a todo lo que está pasando en aquel momento los versículos de dicho Salmo 21.

Ofrece el Salmo, además de una visión "general" del abandono y las tribulaciones de la Pasión, "particulares" como "taladran/clavan mis manos y mis piés" y "se reparten mis ropas/echan a suertes mi túnica" vv.17-18.

Los judíos conocen de memoria los Salmos. Así, tuvo que ser impresionante para los que entendian, escuchar de los mismos labios del Señor Crucificado cómo citaba desde las Escrituras el Salmo que profetizaba aquel mismísimo momento que Él protagonizaba y del que ellos - los judios que le acosaban e injuriaban - eran testigos y co-protagonistas.

Léase el relato de la Pasión con este Salmo como introducción, y se contemplará todo desde otra perspectiva. Muy cercana, se comprenderá, a la intención de los Evangelistas que narran la Pasión del Señor. :ang7:

**Salmo 21 según la numeración de la versión de Biblia de los 70-griega- y la Vulgata-latina- .Según la numeración de la versión hebrea, Salmo 22.
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Notapor Efrén » Mié Mar 23, 2005 8:10 pm

¡Hola Kim!, me encanta poder saludarte en este hilo que para mí es tan especial, espero que te enganches a él tanto como yo. :wink:
Y Winfrid, magistral tu exposición, es totalmente esclarecedora. No puedo añadir nada más.
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