Resistir
Eduardo Arroyo
http://www.elsemanaldigital.com/arts/51085.asp?tt=
22 de mayo de 2006. A finales de abril, el arzobispo Angelo Amato, secretario vaticano de la Congregación para la Doctrina de la Fe, se refirió en términos muy duros a la película de Ron Howard El Código Da Vinci: "Si tales errores y mentiras se dirigieran contra el Corán o contra el Holocausto, el resultado hubiera despertado la ira del mundo".
Los que en esta época de mediocridad todavía conserven la capacidad de pensar no podrán negar que asisten buenas razones al arzobispo.
En efecto, en Austria el historiador David Irving, cuyos libros se venden en todo el mundo por millones, ha sido condenado a tres años de cárcel por negar que en Auschwitz existieran cámaras de gas, y en nueve países de la Unión Europea es delito -con penas de multa y prisión- la negación o minimización del Holocausto.
Y en efecto también, el escritor Salman Rushdie ha pasado varios años de su vida escondido a causa de una "fatua" del Imán Jomeini, por la descripción del profeta Mahoma en su obra Versos satánicos. No digamos nada de la ira islámica que despertaron las caricaturas del profeta en el periódico danés Jyllands-Posten, a raíz de la cual la redacción del periódico se halla –todavía hoy- custodiada por guardias de seguridad. Algunos de sus periodistas han tenido que esconderse e incluso George W. Bush pidió disculpas a la comunidad musulmana, lo mismo que otros jefes de Estado.
Por el contrario mofarse de Cristo sale gratis y Ron Howard va de "progre" porque no molesta al poder. En España, los chicos de Prisa y otros correligionarios remachan una y otra vez cualquier declaración, reportaje o entrevista que pueda dar pábulo al punto fuerte de El Código Da Vinci: el disfraz científico de mentiras groseras.
Todo esto prueba que en realidad, no es que vivamos en un Estado neutro aconfesional reflejo de una sociedad respetuosa, sino más bien que existen poderes mediáticos que pretenden convertir a nuestras sociedades en anti-cristianas. El objeto no es otro que sembrar la duda en una población política e históricamente analfabeta, sobre algo que constituye la raíz misma de Occidente: el cristianismo. Pero hay más aún. Tras los sucesivos intentos fracasados por fundamentar la ética humana en algo que no sea el Dios trascendente de los cristianos, la descristianización de Occidente no llevará nada más que a la barbarie. Una barbarie que no tiene por qué ser necesariamente violenta; al poder le conviene más la maleable barbarie de los muertos en vida, de los individuos anónimos, sin referencias ni valores claros, manipulables por la propaganda y a merced del próximo "Dan Brown" de turno.
Sin embargo, el Evangelio, en frase certera, anuncia que "por sus frutos les conoceréis", y dada la debacle cotidiana de neoliberales, marxistas y compañeros de viaje por solucionar los problemas más íntimos del corazón humano, el mensaje cristiano aparece cada vez más como el único capaz de restaurar al hombre occidental en su sano juicio. Nadie salvo el cristianismo defiende en Occidente la vida humana en términos absolutos frente al poder omnímodo del dinero y de las degradaciones ideológicas. Por eso, hoy más que nunca, los cristianos tienen el deber de resistir y afirmar su fe en positivo, desplegando con el ejemplo el mensaje liberador del Evangelio. A fin de cuentas, El código Da Vinci no es otra cosa que la ira del incapaz y, por eso, en palabras del maestro Eckhart, "cuanto más blasfeman, más alaban a Dios".