Recientemente se han publicado las cuentas económicas de la Iglesia. En ellas, adicionalmente, se ha estimado el valor de la actividad social de la misma, cuya tasación se ha calculado en función de lo que el estado paga cuando se realizan fuera de su seno.
El resultado habla por sí solo: la Iglesia desarrolla una labor cuantificada en unos 30.000 millones de euros. Habida cuenta que recibe a través del IRPF unos 250 millones, se puede apreciar la magnitud de la misma.
La cifra es una estimación. Resulta difícil saber, por ejemplo, qué proporción de esa cantidad podría ser satisfecha en mismo grado por la iniciativa privada. Parece lógico pensar que si desapareciesen los colegios confesionales, muchos padres optarían por llevar a sus hijos a colegios privados aconfesionales, y seguirían sin suponer gasto alguno al estado. Pero por otro lado, resulta complicado pensar que esas organizaciones privadas moviesen la ingente cantidad de voluntariado que mueve la Iglesia, sin coste alguno para el estado. Adicionalmente, la Iglesia desarrolla determinadas tareas apreciadas por muchos ciudadanos, que nunca podrán ser desempeñadas por el Estado y que para muchos es más relevante que la disposición de una pista de petanca municipal. Resulta complicado cuadrar todo esto.
Sea como sea, y más allá de que la labor eclesial se cuantifique en 30.000 millones, 20.000 o 50.000, lo que está claro es que la Iglesia desempeña una labor fundamental en beneficio de la sociedad española, y que es clave para su estabilidad. Sirva de ejemplo que las propias cuentas determinan que por cada euro que el estado invierte en la Iglesia, obtiene un rendimiento de casi tres euros en un año. ¿Qué banco español, u organización en general, está en condiciones de ofrecer esta "rentabilidad"?
Cuesta entender, por tanto, que mucha gente se empeñe en solicitar que se ahogue financieramente a la Iglesia, teniendo en cuenta su aportación y, especialmente, en la coyuntura actual. Baste visitar cualquier comedor social de la Iglesia para saber a lo que me refiero.
Se me ocurren sólo tres causas que justifiquen esta posición:
- Desconocimiento de esta información - alguno habrá que no conozca la magnitud de las cifras comentadas, pero me cuesta creer que pase inadvertida en general, puesto que se publica regularmente en los medios.
- Incapacidad de entender las consecuencias de la disminución de la labor de la Iglesia - esta explicación me convence más. En el fondo, esta irresponsabilidad e incapacidad para entender las consecuencias de este ahogo financiero es hermana de la incapacidad de entender las consecuencias de situar al frente de la nación a gobiernos incompetentes, y prima de la alta ideologización de muchos sectores de la sociedad, cegadora de muchos. Afortunadamente, creo que cada vez más gente se da cuenta del coste de esta incapacidad para diferenciar lo bueno de lo malo para España.
- Desinterés en el bien de la nación - otro grupo -que tampoco creo que sea amplio- es el de aquellos que son conscientes de esta información, entienden el impacto que tiene en el buen funcionamiento de la nación, pero éste les importa un pito, y concentran sus esfuerzos en imponer sus idearios políticos, aunque sea llevándose a España por delante. No es casualidad que mucho partidos separatistas, por definición poco interesados en el bien de España, lideren muchas veces esos mensajes de estrangulamiento finaciero de la Iglesia.
Fuera de estos supuestos no tiene sentido defender esta persecución. Y a pesar de ellos, y a tenor de estos datos, creemos que lo lógico es, en realidad, redoblar la financiación de la Iglesia Católica. Resulta complicado encontrar inversión más productiva.
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